Jueves, 22 de septiembre de 2005
Por culpa de un atasco, ayer no pude asistir a la clase de preparación al parto a la que vamos los miércoles. No me gusta entrar una vez comenzada porque sé que es molesto. Decidí, entonces, esperar a V en una terraza enfrente del portal; la terraza de un bar contiguo a una sala de bingo. Y me puse a observar. En aproximadamente media hora entraron no menos de treinta personas, en su mayor parte mujeres de más de cincuenta años, casi todas solas. Personas, al cabo, que ya no esperan más suerte que la que la bolita y el cartón les puedan dar ni más compañía que la del resto de jugadores, imagino que casi siempre los mismos.
Quienes salían no parecían tener cara de haber ganado nada. En el bingo, además de la sala, siempre gana alguien —eso dicen, jamás he estado en ninguno—, pero todos iban con prisa y con la misma cara con la que habían entrado. Alguno habrá ganado, pensaba yo, pero esto de ganar en el bingo debe de ser parecido a un polvo mal echado, que genera mayor insatisfacción al descubrir que sólo se trataba de sexo cuando se iba buscando otra cosa. Me cuesta creer que aquella gente entrara allí solamente en busca de suerte. De suerte económica, quiero decir.
Por: Duarte Manzalvos | Otras efervescencias | Comentarios (1) | Referencias (0)
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