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De la paternidad y otras efervescencias

Martes, 13 de septiembre de 2005

Alter ego

"Pero mi infancia hace tiempo que murió y yo sigo vivo" (San Agustín, Confesiones, I, 6)


Caminaba con prisa el otro día hacia el autobús cuando, pasados unos árboles que había, me salió al camino, de repente, al costado, mi sombra. ¡La muy puñetera! ¡Siempre en acción y siempre en reposo! ¡A quitarme cosas de la cabeza que yo ya tenía muy bien planificadas! ¡Silenciosa, sin avisar! Yo no sé la tuya, lector, pero la mía, mi sombra, me exaspera: tiene todo lo mío (¡con lo que me ha costado!) y todas aquellas cosas que yo jamás podré tener, así, de balde. Y se funde, a veces, con otras sombras —no sólo de personas, sino también de animales o cosas (como el sustantivo)— formando nuevas figuras, a lo chinesco, que no puedo reconocer y a las que les cuenta historias sobre mí sin que le dé permiso. ¡Mentiras todo! ¡Y me entretiene! Me despista continuamente de mis quehaceres diarios, me habla de asuntos que se alejan de la realidad, que se alejan de las recomendaciones de los anuncios publicitarios, que se alejan de las orientaciones culturales oficiales, que se van muy lejos... ¡Mira que es raro en una sombra que no tenga los pies en el suelo! Me dice: ¿Qué pasa, Duarte? En eso que vas pensando no tienes razón, cabeza de chorlito. ¿Cómo puedes pensar así? ¿Para que te ha dado Natura la cabeza? ¡Ponte, al menos, un sombrero que oculte tu brutalidad y tu ignorancia! ¡Borrico! ¡Melón! ¡Animal, que, más que casa, mereces establo! En fin... Ella dice que tiene una misión encomendada, y que las cosas que me dice son parte de esa misión. Dice que es por mi bien, que es un trabajo desagradable pero necesario. Dice que nació conmigo. Que se morirá conmigo. Que su razón de ser soy yo. Dice que me quiere. Y lo peor: siempre me acaba convenciendo.

Por: Duarte Manzalvos | Otras efervescencias | Comentarios (9) | Referencias (0)

Comentarios

ella es implacable, Duarte. Incansablemente implacable. Como un espejo que nos persigue. A mí me ocurre con el sonido de mis pisadas en medio del silencio...
besos!

almena | 13-09-2005 15:22:41

¡Odiosa! ¡Sincera! ¡Saludos!

Duarte | 13-09-2005 16:29:42

da gracias de que te convenza, recuerda a Peter Pan, aún la está buscando.

muy bueno tu post

un saludo.

nyctte | 15-09-2005 20:29:15

SALUDOS DUARTE DESDE EL CARIBE.

Hay quien es tan desconfiado que no cree ni en su sombra, ja ja ja

Zenia | 15-09-2005 22:58:04

Aquí Platón tendría mucho que decir, jeje...
Saludos

Duarte | 16-09-2005 11:43:22

¿Conocéis el cuento de Benedetti? Tu relato me ha recordado un poco a él. Ahí va:

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se había suicidado.

Al principio, la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Vir | 16-09-2005 12:16:32

Espléndido. No lo conocía. ¡Gracias!

Duarte | 16-09-2005 12:30:53

Un cuento muy bonito, Vir. Lástima haberlo leído después de haber visto "Los otros"...
Por cierto que a veces conocemos primero la imitación, y luego el original. Entonces, nuestra impresión es mucho más pobre, aunque la obra no tenga ninguna culpa.

Meursault | 16-09-2005 16:18:07

Cuando acaba convenciendote siempre, por algo será...ella tiene otra perspectiva, mira siempre desde abajo, desde una pared,...igual puede ver caras de nosotros, que nosotros mismos no vemos, o no queremos ver. Y si se pone muy pesada solo tienes que salir a pasear a mediodía y dejarla olvidada un rato.
Un saludo.

blenfes | 19-09-2005 17:40:19

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