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De la paternidad y otras efervescencias

Jueves, 08 de septiembre de 2005

Ilusiones


Como justicia y legalidad no siempre coinciden (en realidad, casi nunca), no sé cómo va a ser la sentencia. Debes recordar, lector olvidadizo, el caso. Ayer se celebró el juicio y, aunque resultaron contundentes las alegaciones de la becaria, los testimonios de los testigos y las argumentaciones de la abogada sindical (además, esta última estuvo brillante en su oratoria), uno no puede intuir el resultado por la misma razón que expongo al comienzo. Esta sociedad nuestra tiende a identificar lo legal con lo justo, la riqueza con la decencia, la pobreza con el descaro, etc. No te cuento nada que no sepas, pero lo digo porque la abogada de la universidad intentó convencer a la juez de que no eran justas las peticiones de la becaria porque no se contemplaban en la ley, y le vino a llamar descarada (no pronunció esa palabra) porque, según ella, la becaria pretendía alcanzar una situación laboral acomodada saltándose los procedimientos selectivos ordinarios. Lo que sí le dijo fue que quería convertirse en una «profesional de las becas».
Yo, pensando en que habría que jurar sobre algo, entré con el libro de Cortázar en la mano, convencido de que jurar sobre Rayuela es algo perfectamente serio. El juramento consistió en dar la palabra, pero inconscientemente, durante mi declaración, coloqué la portada de cara a la juez y al secretario, quienes no apartaron la vista de esa mirada literaria y socialista que tal vez les exigía justicia.

Por: Duarte Manzalvos | Otras efervescencias | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Se suele hablar a menudo de situaciones "kafkianas", en un sentido tal vez simplificado y caricaturizado. Pero, sin necesidad de llegar a lo grotesco, estoy seguro de que el gran escritor checo le habría sacado mucho partido a ese juicio: la juez (¿o jueza?) escuchando con aire aburrido, como quien ignora toda la historia detrás de un caso tan trivial, o como quien ha decidido el verdedicto de antemano; la representante de la universidad, haciendo gala de una rara y comprometedora sinceridad; la joven abogada de la institución, con una extraña inexperiencia y una agresividad algo improcedente en un juicio tan plácido; la grata e inesperada contundencia de la abogada demandante; la soledad de la sala del juicio, sin público y con tan sólo dos testigos; y la lúcida mirada de Cortázar interrogando a los presentes...

Meursault | 08-09-2005 13:46:54

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