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De la paternidad y otras efervescencias

Viernes, 22 de julio de 2005

Telemadre punto com

Leí el otro día en El País una noticia que decía, grosso modo, que se concedía una beca a cambio de leer El Quijote. Es una idea de las muchas que tienen en su banco de ideas los del grupo Mmmm. Telemadre punto com es otra de ellas. Telemadre (¿por qué madre?) ofrece unos servicios novedosos: existe la figura de la telemadre, que se encarga de realizar las labores domésticas a los telehijos. Unas y otros se apuntan y pactan una cantidad de dinero para tal servicio (no es lo que parece; para ese servicio busca, lector, en los anuncios clasificados). Y todos contentos. Lo mismo les preparan el desayuno que permanecen despiertas por las noches, preocupadas por la tardanza de sus televástagos, tal vez les tomen la lección o los regañen por las malas notas... No sé, supongo que dependerá del precio.
Sinceramente, no es una cosa que me importe. Me parece que no se molesta a nadie con ello y puede ocurrir que las televiejas ganen un dinerito para ir tirando y los telechavales no se vean en la necesidad de aprender a hacerse la comida o la cama, aunque siempre pensaré que una sociedad que renuncia a la labor de prepararse la comida está condenada a algo malo, terrible. Es puro suicidio: si un día falla la red, podrían perecer de inanición. De nada les serviría gritar eso de «¡telemamá, telemamá, tengo hambre!».
Digo yo que no tardará, ilógicamente, en aparecer telepadre punto com. Aquí quería llegar. Imagino que las funciones de los televiejos serán distintas de las de las telesantas, que por eso han llamado telemadre al invento (sigo pensando que hay sexismo del feo en el business que se han montado). ¿Y cuáles han de ser, pues, sus servicios?

-Telepadre, buenas tardes...
-Buenas tardes, quería que me mandasen...
-Si es usted socio de telepadre punto com, pulse la tecla 1; si no lo es, permanezca a la espera...


Yo me apuntaría si el telepadre estuviese dispuesto a darme 50 euros para el botellón del sábado por la noche, por ejemplo. O si estuviese dispuesto a educarme para este mundo que nos ha tocado. O para que se ponga a hacer conmigo los deberes (ahora llamados tareas, que el verbo «deber» resulta muy facha, según la pedagogía ultramoderna). Además, claro está, de las enseñanzas pragmáticas y necesarias tales como hacer una cama, usar una escoba, poner una lavadora, freír un huevo, comer verdura... ¡Ah, no, eso es función de Telemadre! O para que me hablase de que el tiempo pasa, y que transcurridos unos años —no tantos como te piensas, telehijo— me sentiré mayor y empezaré a tener pensamientos sobre la muerte, sobre el sentido de la vida, sobre las incoherencias en que incurrimos, etc. (¿esto es exclusivo del telepadre?), cosas que me harán sentirme muy raro. Esto, también, por ejemplo.
Pero me temo que los tiros no van por ahí, que para eso ya está el Teléfono de la esperanza.
Es probable, además, que, con las nuevas leyes, tengan que cambiar los de Mmmm estos nombres y unificarlos: Teleprogenitores punto com. Sí, muy probable.
No digo que sea malo o bueno, pero ¿qué nos está pasando?

Por: Duarte Manzalvos | Paternidad | Comentarios (0) | Referencias (0)

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