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De la paternidad y otras efervescencias

Miércoles, 06 de julio de 2005

El cuento del lechero

Otra vez sentado en la calle fumando. Sí, en las escaleritas. Y pasa un hombre, conocido en el pueblo por un apodo que hace mención a una parte de su anatomía que tiene larga en exceso. No me refiero a la polla, pícaro lector o quier malpensado. El caso es que el tal señor, pese a la aparente miseria en que vive, es dueño, según dicen, de grandes fincas, las cuales explota para pasto de su ganado, del que ordeña la leche que vende, porque el señor es lechero. Y eso le da para ir tirando, un suponer. Camina echado hacia adelante, y da la sensación de que se adelanta a sí mismo con cada paso que da, y que es adelantado por sí mismo al paso siguiente, de manera que no puede escaparse nunca. Su piel parece sucia y su ropa lo está realmente. Por cinturón, gasta una cuerda de las de atar las pacas (o alpacas, que es una palabra más bonita y más usada en el campo). Sus zapatos parecen no haber sido nuevos nunca, y pocos pensarían que conocieron tiempos sin agujeros. Me mira con su cigarro incombustible, eterno, como el de Anacleto. Deja de mirarme y entonces sale de su boca una voz grave que dice Hola. Mientras lo dice, el cigarro permanece en el aire, desafiando a la gravedad. Luego cierra la boca y continúa en su intento de adelantarse y de alcanzarse. Tal vez persiga al cigarrillo, aun a sabiendas de que no lo alcanzará jamás.
La gente dice que es tonto porque vive de manera mezquina, es decir, escatimando excesivamente en el gasto. Dicen que podría vender sus tierras a una empresa constructora, trincar la pasta, hacerse un chalé con piscina, jugar al golf, viajar por el mundo, comprarse ropa cara y joyas, presentarse para alcalde. Podría invertir en más terrenos para volverlos a vender a la empresa constructora y, así, ganar más dinero con que hacer más grande su chalé, más grande su piscina, más horas de golf, más viajes, ropa más cara, más de todo.
Es que esa gente no conoce el cuento de la lechera. Él demuestra conocerlo, posiblemente por la cuenta que le tiene. A mí me cae muy bien. Resulta que es más listo que nadie.

Por: Duarte Manzalvos | Otras efervescencias | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Nos dicen que de la suma de los cálculos individuales y egoístas acaba deduciéndose (¡precisamente, deduciéndose! O reduciéndose) el bienestar colectivo. Pero de forma "no querida", como una consecuencia fatídica o accidental.

Este hombre probablemente sea mezquino, lo suficiente incluso como para no desear el beneficio colectivo. Pero, en todo caso, su negativa conserva las tierras en estado más o menos natural, y hace por tanto un bien a la comunidad -salvo a los constructores, claro está.

Meursault | 13-07-2005 13:49:02

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