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De la paternidad y otras efervescencias

Miércoles, 22 de junio de 2005

El síndrome de Don Quijote

Paseábamos ayer contemplando esa Luna tan enorme cuando un coche pasó a nuestro lado y, aprovechando una rotonda que había, tiró de freno de mano e hizo un trompo escandaloso. Después, pisó a fondo el acelerador y salió como un cohete, dejando buena parte de las ruedas sobre el asfalto. Esto es el Síndrome de Don Quijote, pensé.
El famoso hidalgo leyó libros de caballerías en los que se decribían los más fantásticos y fabulosos acontecimientos. Luego llegó a creer en ellos como si hubieran sido reales y, pareciéndole un buen estilo de vida, se dedicó a hacer lo mismo que hacían Amadís, Palmerín, Tirant y muchos otros personajes de la andante caballería, quienes recorrían la redondez de la Tierra en busca de menesterosos y doncellas agraviadas y afligidas.
Imagino que este fenómeno se extiende a todos los ámbitos de la vida: el conductor de los trompos se habrá metido un atracón de Fórmula 1 en Telecinco, ahora que Fernando Alonso va a toda leche por los circuitos. Supongo que este conductor se sube a su coche y cree firmemente en que se está subiendo a un bólido, y las calles del pueblo son, en su locura y en su gilipollez, el circuito de Indianápolis.
Y tengo la sospecha de que ocurre con más personas: así, he visto a vigilantes jurados que creían ser policías de los de las películas. A militares chusqueros que se creían rambos, etc. El síndrome de Don Quijote llega a todas partes, sobre todo ahora que estamos de celebraciones centenarias.
Esto, tal vez, sea una enfermedad, y no lo que dice Aquilino Polaino. Aquilino, que resulta que por toda cabeza tiene un pepino, ha dicho que los homosexuales padecen una patología de no sé qué tipo. No pasaría nada si no fuera porque tiene una cátedra desde la que se dedica a lanzar al mundo tales mensajes. Y un partido político que le ha puesto el micrófono delante de la boca. ¡Dios, qué tropa!

Por: Duarte Manzalvos | Otras efervescencias | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Es la potencia del arte (incluso el de baja calidad) para ofrecer modelos lo que hace que estas personas los hagan suyos.

Me acuerdo de algunos ejemplos más, reales o literarios. En "El sueño eterno", de Raymond Chandler (1939), aparece un personaje, un matón temible, conocido por el pintoresco nombre de Lash Canino. Chandler lo describe con estilo directo, mencionando que "se trataba de uno de esos hombres que estudian su papel, construido a base de películas y novelas de serie negra" (la cita no es textual).

Mira Milosevic, la socióloga serbia, recoge en "Los tristes y los héroes. Historias de nacionalistas serbios" (2000) la figura de un sanguinario mercenario serbio, un hombre lacónico conocido por "el Capitán Dragan". Este paramilitar pretende ofrecer una imagen de guerrero-poeta, de hombre duro pero justo y sensible, que toca la guitarra y canta melancólico al anochecer, que no permite que sus hombres cometan pillaje, etc. Es inevitable que la figura resulte atractiva, hasta que uno se acuerda, por ejemplo, de Jorge Marique o de Garcilaso de la Vega. Y la máscara se derrumba cuando uno recuerda los hechos descarnados de la guerra de exterminio que protagonizaron en Yugoslavia hombres como el Capitán Dragan. Mira Milosevic lo califica, despectivamente, de "matón hortera", un "fantasmón construido a imagen y semejanza de las películas bélicas estadounidenses".

En suma, incluso cuando el modelo imitado es digno de admiración, las diferencias de tiempo y lugar, o de capacidad para la emulación, o simplemente la distancia entre la realidad y el arte, pueden fácilmente ponernos en ridículo.

Meursault | 22-06-2005 16:14:01

Ahí le has dao...

Plinia La Vieja | 24-06-2005 11:03:23

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