Viernes, 06 de mayo de 2005
-En cuanto a la constancia en el estudio, mejor que salga a ti, ¿no te parece?
-Bueno, aunque tampoco sería malo que saliera a ti. Y, en cuanto a la inteligencia, a ti, por supuesto.
-¡Ay, qué cosas dices...! ¡Ni que tú no fueras inteligente...! Sería bueno que saliese a ti en cuanto a lo de buena persona.
-Y a ti en la dulzura...
-Y a ti en la belleza.
-En la diplomacia, como tú.
-Y que sea como tú en la elocuencia.
-Que de ti herede también la tranquilidad.
-¡A ver si se queda con tu sentido de la responsabilidad!
-Y en lo del cariño, si sale a ti, será estupendo.
-Creo que es mejor que, en la limpieza, salga a mí
-Bueno, pero no sé por qué, porque podría salir a mí también.
-No, en eso, mejor que salga a mí.
-Pues en lo de la cabezonería, mejor que no salga a ti.
-¿Acaso soy cabezota?
-Un poco sí.
-Pues en lo de dar órdenes, ¡que no se parezca a ti!
-¿Qué insinuas? Pues en las gilipolleces, que no salga a ti o lo llevamos claro...
-Etc.
-Etc.
Y así, entre estas negociaciones sobre la herencia genética, van pasando las horas, mientras "lo que venga" va creciendo y desarrollándose para convertirse en individual, único e irrepetible que, al final, al igual que ocurre con las cabras, siempre tirará al monte.
Por: Duarte Manzalvos | Paternidad | Comentarios (0) | Referencias (0)
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